1 ago. 2017

El Bosque

Escribí este cuento, como una pequeña metáfora de lo que está sucediendo en mi país, Venezuela. Espero que sirva para que lo estén afuera puedan comprendernos un poco, y para que a mis hermanos venezolanos les llegue mi mensaje. 

Que lo disfruten



El bosque




       En uno de esos bosques que la sociedad no debería conocer, un hombre solitario acampó. Deseaba poseer sus propias tierras y cubrirlas con su imagen en cada árbol. De noche, celebrando que cumpliría sus ambiciones, bebió y bebió hasta que su hígado no pudo más y cayó desmayado sin antes apagar la fogata que había montado. Durante su letargo, la madera de su fogata se deslizó hasta caer en el suelo, y contagió con su calor a unas ramas cercanas, quienes sucumbieron ante ellas y se incendiaron en el acto. El hombre despertó con resaca al amanecer, rodeado por llamas y en el aparente comienzo de un incendio forestal. Por su mente jamás cruzó la idea de intentar apaciguar el desastre. Tomó sus cosas, se las cargó el hombro y se marchó para nunca volver.
            El bosque se calcinaba.
            Los animales habían reaccionado mucho antes que el hombre y habían intentado despertarlo, sin lograrlo debido a su estado de ebriedad. En él tenían sus esperanzas y recibieron un duro golpe cuando lo vieron irse con indiferencia, dejándolos solos.
            Pero los animales que no se rendirían tan rápido, decidieron tomar acciones por su cuenta. El incendio apenas estaba en el centro del bosque, aún tenían tiempo de remediarlo si actuaban rápido. Las llamas eran poderosas y amenazadoras, pero no invencibles, y con esto en mente se propusieron a erradicarlas.
            Formaron un comité de animales, en la parte más alejada del bosque, para protegerse de las llamas, e iniciaron una discusión de cómo apagarían ese desastre.
            Primero habló el conejo, cuya idea fue que todos los animales fueron a atacar directo al fuego con un poco de agua en sus bocas. “¿¡Qué locura es esa!?” gritó alarmado el colibrí: “¡Si van directo al fuego terminarán quemados!”. Muchos animales le dieron la razón al colibrí. Nadie quería quemarse. El castor, considerado por todos uno de los animales más diplomáticos, sugirió pedirles ayuda a sus vecinos de bosques cercanos. El colibrí volvió a oponerse: “¡Para cuando llegué su ayuda, será muy tarde!”. De nuevo, muchos animales concordaron con él. Un zorro dio un paso adelante y tomó la palabra: “¿Y si nos vamos a otro bosque?” sugirió. El colibrí le respondió: “¡Aquí está mi casa y no la pienso perder!”. Por tercera vez, los animales asintieron a sus palabras. “Esperemos a que se apague sólo y ya” dijo, bostezando, una tortuga. “Los incendios no se apagan solos” fue la respuesta que recibió la tortuga, y desde luego, fue el colibrí quien la dijo.
            Mientras hablaban, el incendio aumentaba sin conmiseración. Los animalitos cercanos al centro fueron los primeros perjudicados. Huyeron despavoridos, dejando atrás sus hogares, mientras estos eran devorados por las llamas y desaparecidos para siempre. Algunos no fueron tan rápidos. Quedaron rodeados y vieron de frente a la muerte convertida en un infierno rojo. Algunos de los que conseguían escapar corrían hacia el comité de animales esperando encontrar en ellos una solución. Otros simplemente corrían y corrían, si ver para atrás, abandonándolo todo, perdiéndolo todo. Ninguna de esas criaturas salió libre. Todas quedaron con cicatrices de quemaduras que el tiempo nos les podría quitar. Esas heridas no sanarían.
            El comité siguió discutiendo.
            “¿Qué propones usted, señor colibrí?” preguntó alguien en determinado momento al pajarito. El colibrí calló durante un segundo y respondió “No podemos hacer nada de lo que ellos dicen. Todas son malas sugerencias” y no agregó más.
            El fuego crecía. Los animales comenzaban a pelear entre ellos, sin importarles pasar uno por encima de otro con tal de salvarse. Nadie quería ser la próxima víctima. Se pisaron entre ellos, se empujaron, se insultaron. Muchos cayeron por culpa de alguien más. Algunos animales, más bestias que criaturas, aprovechaban los hogares abandonados para entrar, robarse algo y salir huyendo. Otros, un poco más nobles, ayudaban a los caídos. Ellos eran los que más sufrían, pues muchas veces su ayuda no era suficiente, y eso les daba impotencia.
            Y el comité seguía discutiendo.
            Decididos a ignorarlos, gran parte de los animales del bosque decidieron enfrentar al fuego por su cuenta. Buscaban agua en el lago más cercano y encaraban las llamas con valentía. Se unieron en un solo espíritu y esperaban que eso fuera suficiente para triunfar. Pero no lo era. Muchos no sabían qué hacer. Se envalentonaban por la gloria de sus acciones, pero las llamas no perdonan por su nobleza, y finalmente los consumían como si fueran gasolina que le ayudara a aumentar su poder. Este enorme grupo de animales fue disminuyendo. Eran desorganizados. Fuertes, pero al mismo tiempo débiles. Incapacitados ante la fuerza de un mal mayor. Murieron unos tras otros, destrozando aún más las familias que quedaban vivas. Se entregaron como héroes. El fuego crecía por cada vida que se tragaba. La esperanza disminuía con cada vida perdida.
            La desesperación se adueñó del bosque. La unión desapareció. Animales huían. Animales luchaban. Todos víctimas de ese horrible poder que los perseguía.
            Y el comité de animales seguía discutiendo, incapaz de decidirse.
 El colibrí desapareció sin que nadie lo notara. Usó sus alas para irse volando. El comité discutiendo tanto, que no vieron como el incendio los iba acorralando. No se dieron cuenta que las llamas los rodearon, creando un círculo alrededor de ellos, y poco a poco los fue encerrando más y más. Los animales gritaron desesperados al ver como las llamas se acercaban. Lloraban y pedían ayuda a gritos, pero nadie les escuchaba. Quisieron huir pero era demasiado tarde. Se peleaban. Se ayudaban. Sangraban, lloraban y gemían sin escapatoria. El fuego los tocó a todo, arrancándoles la piel, calcinándolos, y haciéndoles desaparecer. Sus discusiones se convirtieron en cenizas.
Como la maldad es irónica, y más cuando el destino le ayuda, una vez que terminó con su maligna tarea, al no encontrar más vida de la cual alimentarse, el bosque se consumió a sí mismo. Las llamas pelearon entre ellas y terminaron apagándose, dándole fin a su reinado. No obstante, el costo fue demasiado alto.
            Así fue como todo el bosque pereció. Ningún árbol quedó en pie. Ningún animal que no hubiese escapado sobrevivió. El cielo se volvió gris sobre él y la desolación se convirtió en su nuevo nombre.
            Los animales vecinos se sorprendían y lamentaban lo que había pasado. Nadie mencionaba en voz alta que no hicieron nada evitarlo. Solo hablaban del triste evento. Todos contaban cuentos del bonito bosque que alguna vez hubo en esas tierras, y que desapareció por culpa de un solo hombre. Un simple hombre.
            El tiempo pasó.
Cuando no hay vida no hay esperanza, pero cuando una vida surge, la esperanza surge con ella. Así fue como sucedió. Una mañana, cuando el sol salía a laborar, iluminó una pequeña planta que crecía en esas tierras quemadas. Estaba ahí, soñadora, danzante con el viento, en paz con la destrucción. Un ave que volaba sobre ella, aterrizó a su lado y la observó. Le había llamado la atención. Era muy bonita, muy pequeña, muy frágil. El pájaro supo que moriría inevitablemente ante tanta destrucción. No podía dejar que eso pasara. Se decidió a cuidarla. Cada día regresaba a ver como seguía la planta. La regaba recogiendo agua con su pico si hacía falta. Le hablaba contándole el origen de esa tierra donde ahora crecía. Por alguna razón, eso parecía darle más fuerzas a la planta, que cada día lucía más firme y más hermosa.
            Pronto comenzaron a crecer otras a su alrededor. Parecían salir de los confines de la memoria. Otros animales se dieron cuenta, y al ver el esfuerzo del pájaro, se unieron a él y empezaron a cuidar a aquellas plantas que les regalaban esperanza. Con cada día surgía una nueva. Con cada día algo nacía. Las plantas se convirtieron en arboles, en arbustos, en flores. Los animales que alguna vez vivieron en el bosque regresaron y quedaron atónitos al ver los inicios de lo que podría ser el regreso a un antiguo estado de paz. Construyeron sus casas ahí como si fuera la primera vez. Cuando hablaban del maligno incendio, era solo para burlarse de él al ver la nueva fauna que reinaba.
            La planta y sus hermanas se convirtieron en un paisaje. Se convirtieron en un bosque.
            El futuro se convirtió en pasado. El bosque había regresado.
            Los animales, ya ancianos, viendo como sus hijos y nietos iniciaban sus vidas en este nuevo hogar, les contaron la historia de la antigua desgracia. Les hablaron de esperanza. Todo lo que muere puede volver a nacer. Ni siquiera la muerte puede ser eterna en una tierra de ilusiones. Los animales van y vienen pero la historia continua, y siempre que existe un individuo, habrá un cuento por contar. Ni siquiera el fuego puede eliminar del todo la gracia de la vida, aunque este parezca tan poderoso, tan impenetrable, en algún momento se extinguirá y llegará la importunidad de un nuevo renacer.
            Se los dice el bosque que volvió a crecer.
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¡Saludos!

13 ago. 2016

Está escrito

Está escrito

Tal vez esté escrito nuestro porvenir en las largas hojas del libro de la existencia. Tal vez los hilos estén hechos para ser seguidos como dominós cayendo uno tras otro en la larga hilera en busca de un fin.  Tal vez los senderos se asfalten con flechas direccionales que te empujan en el sentido que deseen. Tal vez las fuerzas de unos brazos mortales son insuficientes para quebrar el muro de las huellas celestiales dejadas por seres angelicales quienes, de forma anónima, te observan esperando que termines tu berrinche atrincherado y regreses a esa carretera que ellos te prepararon.
Tal vez exista del destino.
Existen demasiados “tal vez” para ser ignorados en este encuentro efímero con la vida donde todo se tergiversa bajo las circunstancias. La seguridad de lo que es, choca con la inseguridad de lo que puede ser y convierte esto en un juego de cartas descontrolado.
¿Existirá el destino?
Tal vez existan personas destinadas a estar solas por las aceras de su vivienda, viendo a otros amarse pero sin vivir el sentimiento en carne propia. Personas difíciles de querer, imposibles de amar, trabajosas de apreciar. Personas que llevan cargas desconocidas y que las alejan del contacto terciario del beso apasionado. Personas casadas con la soledad. Personas que se enamoran sin encontrar quien se enamore de ellas. Marcadas desde su nacimiento; liberadas al morir. Personas sin labios para besar.
Tal vez existan personas destinadas al fracaso. Esas que corren detrás de los logros,  de las victorias, sin poder alcanzarlas del todo. La vía se extiende y el horizonte se pierde perfilándose como inalcanzable. Gotas de agua que no se comparan al océano. Esas personas con sombras demasiado pequeñas como una flor rodeada de árboles. Nubes minúsculas  en un cielo tormentoso. Personas con grilletes en las manos que deben caminar bajo el sol ardiente de los hombres sin premios en la repisa. La paciencia se les rompe y espíritu se les resigna. Son personar destinadas a la nada.
Tal vez existan quienes estén destinados a la monotonía; personas que vivirán cada día sabiendo que mañana habrá otro que sea exactamente igual al anterior, y luego el siguiente y el siguiente, sin tener la oportunidades de nuevos despertares que les haga abrir la boca de la emoción, sino que viven en el evangelio de la rutina.
¿Habrá alguien destinado al desprecio? A ser aborrecido y odiado; a ser perseguido y acusado.
Muchos se inclinan a pensar que lo que sea que les depare ya está escrito. Sueñan con la grandeza y le llaman destino. Sueñan con el amor y dicen que ya llegará porque así lo proclamó un ser divino. El universo se mueve siguiendo sus deseos y, aunque a veces con lamentos, poco a poco le trae a la mesa ese alimento que ansían comer. Se sientan y espera la llegada del mañana, sabiéndose merecedores de lo que vendrá; de esas glorias por llegar, de esos sueños por alcanzar. Así está escrito.
¿Pero y si ese destino es adverso? Si los que les tiene preparado el universo son miserias, entonces la quimérica idea de la inmortalidad no es más que eso: una idea. ¿Y si sus destinos son la soledad de quien no conoce el calor? O la frustración de quien no logra nada. Lo besos no se darán porque nadie lo escribió. En el libro de la vida, en la página que te correspondía, se les acabó la tinta para compensar todos tus males y, sin pensarlo dos veces, pasaron de página dejándote inconcluso. Te vuelves un cuento de hadas sin un final feliz. ¿Y si tú destino no es lo que quieres? Tu destino puede ser el llanto por las noches y la inopia por la tarde, como un mísero cobarde arrastrado por cadenas inviolables.  Puede que tu destino sea ser la hormiga que no logra entrar al hormiguero. El extra de una película que muere en la primera escena.
Si el destino existe, no puede ser favorable para todos. Si fuiste fichado desde tu concepción, puedes resignarte a la perdición. No te queda otra opción.
¿Existe el destino?
Tal vez