21 ago. 2017

Damian Cross

Damian Cross

            Que cansado estoy. Otro día más partiéndome el lomo para personas que no conozco en una empresa que no dirijo. Cifus, se llama, pero no hablaré de ella porque me tiene harto. Llevo todo el día entre números, hileras de cifras, ceros y más ceros. Estoy muy cansado. ¿Por qué diablos decidí convertirme en contador? Creo que alguien me habló de un buen sueldo, un buen trabajo, estabilidad económica y todo eso y heme aquí, partiéndome la espalda. O como dije antes, el lomo. Perdonen que lo vuelva a decir, pero estoy muy cansado.
            La camisa me da calor, la corbata me asfixia. Mientras camino por el estacionamiento subterráneo del edificio, los pasos resuenan en un eco seco. Estoy saliendo temprano. El estacionamiento aún está lleno. Soy de los pocos hombres que pueden jactarse de salir en el ocaso, cuando la noche nace, el día muere, y nadie tiene muy claro lo que está sucediendo. Es muy tarde para algunas cosas y muy temprano para otras. No es como el mediodía, cuando todo el mundo tiene planeado su día y sabe exactamente que hacer. No, el ocaso es un momento de transición. Aún no puedo verlo, apenas me estoy subiendo en mi auto, pero puedo sentirlo esperándome. Se acerca mientras conduzco por los pasillos del estacionamiento siguiendo las innecesarias flechas que indican la salida. Pago mi ticket del estacionamiento, saludo al vigilante, conduzco ascendiendo y salgo a la calle. Hasta mañana, Cifus.
            ¡Casi se me olvida el tráfico! Aún no colapsa del todo pero ya muestra los primeros síntomas de lentitud. Vías ligeramente abarrotadas. No importa. Un poco de paciencia, de música en la radio y valdrá la pena. Hablando de la radio, la enciendo y lo que escucho es a un hombre de esos de los que hablan sobre la relajación, la paz interior, el amor propio. Amarte a ti es amar a los demás. Al menos eso dice él. Qué curioso, yo aquí pensando en el amor y él que saca el tema. Aunque en dos contextos muy distintos.
            El amor es quien en este momento me está pidiendo que suba la presión sobre el acelerador. Le digo que se tranquilice y no me responde. La verdad es que no sé si de verdad sea amor. Se parece un poco a la atracción, a la lujuria y al deseo. Deben de ser familia todos ellos. Y deben ser chinos, porque es difícil distinguirlos, y más aún comprenderlos. Pero ya olvidando ese chiste xenofóbico, me gustaría hablar con ese hombre de la radio y preguntarle que sabe del amor y si tiene alguna idea de cómo reconocerlo. Yo creía que la tenía, pero como todo universitario que acaba de entrar, me he dado cuenta, con el pasar del tiempo, que en realidad no sabía un carajo. No sé nada. Soy un ignorante. Voy en camino a ver a mi maestra.
            Su casa está cerca pero se me hace lejana, como un enfermo terminal que espera la muerte con incredulidad sin creerse su suerte. Supongo que es normal. No lo sé. Eso tampoco lo sé.
            Luego, poco a poco, empiezo a verla. Su edificio se manifiesta ante mí. Se presenta dándome la bienvenida. Me recibe. Lo mismo hace ella. Lo hace desde adentro y me lo notifica cuando me estaciono en la entrada, la llamo y me contesta que ya le dijo al portero que me dejara pasar, pues ella me estaba esperando. Así que me apeo del auto, pero dejando mis cosas adentro. Me encamino a la entrada. El portero me deja pasar con una sonrisa cordial. Se la devuelvo sin mirarlo a los ojos y subo por el ascensor. Mi corazón empieza a acelerarse golpeteando emocionado, asustado, confundido. ¿Es amor lo que siente? Debería llamar a esa radio y preguntarles por ese sujeto. Tal vez lo haga mañana. Hoy estoy ocupado. Estoy saliendo del ascensor y caminando a su apartamento. Me detengo a tocar el timbre pero no hace falta. La puerta está abierta. Entro y ahí está ella.
            Recuerdo que la primera vez que la vi todo comenzó de un modo natural y ordinario. Un saludo, una conversación y una despedida. No había más que decir. Luego ese proceso se repitió en más ocasiones. Un saludo, una conversación y una despedida. Pronto esos saludos se volvieron más tiernos, esas conversaciones más intimas y esas despedidas más tristes. Un saludo, una conversación y una despedida. No hizo falta nada más, y tal vez eso sea lo maravilloso y lo extraño del asunto. Debería haber hecho falta otra cosa, pero por sobretodo ganó la debilidad.
            A ese ciclo le siguieron los coqueteos, los chistes, las insinuaciones. Esas que no notas que las estás haciendo hasta que recuerdas la charla del día anterior y te preguntas como fuiste capaz de decir tal cosa. Tu secreto es tan secreto que ni tú mismo lo conoces, hasta que un sueño te hace la revelación del deseo escondido. Y una vez que sabes la verdad, deseas compartirla pero sabes que no puedes. De todas formas la compartes, pero solo con ella. ¡Resulta que ella tenía el mismo secreto! ¿Ahora qué? El saludo, la conversación, la despedida y algo más. Algo más…
            Recuerdo que ella no quería. Cuando la atraje hacia mí, cuando nuestros alientos chocaron, ella no quería besarme. Yo tampoco quería, pero a la vez sí. Estoy sonando como quinceañero, pero es que hay contradicciones que nos mantienen infantiles. Ella estaba igual. No quería pero quería. Finalmente venció el sí quería y se juntaron los labios. Un toque tierno. Suave. ¡Sublime! Hermoso en toda su expresión. Cuando se comienza ese tacto es difícil detenerse y se desencadena una caja de pandora que se abre un centímetro más cada vez que una lengua toca a la otra. Se abre, se abre y se sigue abriendo. Que se caiga la tapadura si eso es lo que dios quiere, o lo que quiera el diablo, porque los males desatados valen la pena, al menos durante ese momento; porque después viene la culpabilidad, el miedo. Pecado. Prohibido. Palabras en mayúsculas que te acompañan por la noche. Te dices a ti mismo que no debiste. No se repetirá. Que linda es la capacidad que todos tenemos de mentirnos.
            Se repite. Yo no quería que se repitiera, pero sí lo deseaba. Ella tampoco quería que se repitiera, pero también lo deseaba. Y se repitió.
            Ahora la veo, la tengo ante mí y quiero que vuelva a repetirse. Esta vez no se niega. Se acerca y me abraza, me besa, me hechiza. Yo le devuelvo el toque apasionado. La puerta se cerró detrás de nosotros, aunque no sé muy bien cuando. Ahora sí de verdad que no sé nada. ¿Cuál era la estación de radio que estaba escuchando? No importa. Ella me está besando. Eso importa. Caminamos hacia su cuarto. Eso importa muchísimo. Se está desnudando. Es lo único que me importa. Parece que en algún momento la imité porque ahora estamos desnudos bajo las sabanas, sobre la cama, entre nuestro calor. La locura es el epígrafe y el titulo de esta escena. Raciocinio se quedó en la sala. Le acompañan pudor, vergüenza y bondad. Adentro, haciendo una orgia con nosotros, están lujuria, placer, deseo y sentimientos impuros e insanos, pero igualmente calientes y embriagadores.
            Ella se mueve y yo la toco. Solo se detiene cuando le beso el cuello. Entiendo que lo hace para concentrarse en lo que siente; por eso cierra los ojos. Cuando paso a la oreja no pone queja, al contrario, su concentración aumenta y ahora sus manos, como si hubiesen estado antes amarradas, recorren mi espalda y me afirman hacia ella. Nos acercan. Si pudieran hablar seguro nos gritarían que nos dejásemos de tonterías y nos fundamos de una vez por todas en un solo cuerpo. Pero como eso es biológicamente imposible, nos conformamos con ocupar ambos un mismo espacio cuando entro en su cuerpo y la parece cama más grande. No queríamos que esto sucediera, pero sí lo deseábamos. Los saludos, las conversaciones y las despedidas llevaron a esto. Llevaron a un beso, el cual llevo a una fantasía, la cual llevo a una cama, la cual llevó a un pecado. Aquí estamos pecando. Se lo preguntes a quien se lo preguntes, esto es un pecado. Pero vaya pecado más delicioso. Un pecado no puede ser tan placentero. Verla ahora sentada sobre mi cadera, meciéndose con la tonada de nuestro cielo interno, no puede ser tan condenado. Sujetar su cabello mientras aumenta la fuerza, no puede castigarse. Ya esto es un castigo. Un castigo divino como la inmortalidad. Soy un pecador. Al menos pecamos juntos.
            Terminamos. Uno al lado del otro, ambos exhaustos. Como lentamente recupero la razón, me llegan imágenes de lo que acaba de suceder. Me llega su cuerpo y sus poros en alta definición. Me llega su espalda en mis dedos. Sus nalgas en mi lengua. Me llega todo. El deseo está algo opaco, ahora como recuerdo. Quedaron señales suyas en los mordiscos de su cuello. Mi cordura se digna a entrar por la puerta y me dice que me vaya de ahí. No quiero hacerlo. Debo hacerlo. Ella no quiere que me vaya, pero me pide que lo haga. Cuando lo hace me mira a la cara y es peor, porque me encantan sus facciones. Me encanta su mirada, que es tan angelical como endemoniada. Me fascina sus labios y sus mejillas, incluso su cabello cuando está despeinado, como ahora, revuelto por el esfuerzo. Cuando me dice que me levante le obedezco, y aunque deberíamos estar serios, una picara sonrisa se asoma en nuestros labios. Primero en el suyo y después en el mío. Ambos nos reímos. Nos acercamos. Nos prometemos un último beso y nos lo regalamos. Aún nos gusta mentirnos. Después de eso me retiro.
            Ya estoy de regreso en el auto repitiendo un ciclo: me repito que no volverá a pasar y que esta fue la última vez, pero mi ser más profundo sabe que quiero que vuelva a suceder. Él sí que me conoce bien. Estuvo conmigo en mis años juveniles que estuvieron faltos de emociones y experiencias. Aburridos y calmos. Eso explica como terminé  siendo contador. No hubo muchas mujeres en esos años de sequedad, ni muchos amores que extrañar, ni muchas historias que contar. Mi ser profundo lo sabe y por eso intenta explicarme que el pasado me puede servir de explicación para el presente, pero eso no cambia gran cosa. Pecado es pecado; no te pide expediente.
            En la carretera la vuelvo a pensar. Ella. Ella es el conducto de mi locura. La razón de mi caída. Ella. Dios santo, tú la pusiste en mi camino; no sé si agradecértelo o reclamártelo. Lo primero aumentaría mi falta y lo segundo sería un descaro. Podría pedirle a tiempo que me eche una mano pero él se tarda demasiado. Ella, es la mancha en mi curriculum. No es un error, jamás podría serlo. Pero es el empleo que nunca debí aceptar. No obstante, estoy regresando de su hogar.
            Llego a mi casa queriendo bajarme del auto rápidamente, pero tengo miedo de hacerlo. En este momento también ocurre siempre lo mismo. Me entra una paranoia incesante. Debo comprobarlo. Entro a mi casa y una voz me llega de la cocina. Es mi esposa. Se acerca y me saluda con un beso y una sonrisa. Regresa a la cocina porque está haciendo la cena y me invita  a sentarme en el comedor y contarle mi día. Está feliz. No sabe nada. Mi paranoia se esfuma. Mi miedo desaparece. La culpa y la vergüenza se quedan. Yo me siento y le cuento de mi trabajo, de lo aburrido que fue y le digo que estoy algo cansado. Mientras hablo mi hijo llega, se sienta a mi lado y me relata sus aventuras escolares. Juego con él un rato antes de enviarle a ver televisión. Cuando se marcha, me acerco a mi esposa de espalda, le agarro las nalgas y le beso la nuca. Ella se eriza y se voltea. Deslizo mis manos por sus brazos, por su espalda, mientras nuestros labios no se juntan, pero están tan cerca que casi literalmente piden comerse. La toco y me excito. Ella está igual. Culminaremos en cuanto el niño se duerma.
            Soy un maldito descarado.
            Si hay algo que tengo claro en esta vida, es lo que acabo de mencionarles. Soy un maldito descarado. Y si les he hablado de contradicciones antes, aquí les va otra: amo a mi esposa. Quiero a la otra chica, eso no lo puedo negar. Pero también amo a mi esposa. Como a todos, durante mi desarrollo psicológico y emocional, durante toda mi desgraciada vida, me dijeron que debes amar a una persona, estar con una persona, casarte con una persona y tener hijos con una persona. Y claro, todas esas personas deben ser la misma. No cuenta el una por una. Eso está bien. Vale. Pero en esta situación se va al desagüe esa enseñanzas y es ello lo que me confunde. Amo a mi esposa. La amo demasiado. No puedo imaginarme mi vida sin ella. No soportaría perderla. Lastimarla me mataría. Es la razón de mi felicidad y de lo mejor que me ha pasado en la vida. La amo. Y le estoy fallando.
            Una de las consecuencias de ser humano es tener la capacidad de fallarle a alguien que amas, y aún peor, hacerlo conscientemente. Cuando decides que amas a una persona debería aparecer un botón que desactive por completo la posibilidad de herirla. El botón no existe, así que aquí estamos.
            Sería fácil culpar a esta sociedad que nos enseña lo que es la moral y luego nos obliga a acatarla, ignorando nuestros intereses individuales. Sería muy sencillo decir que existimos individuos que no podemos ignorar nuestra naturaleza. Hombres y mujeres a los que les falla la mente y les gana el instinto y el corazón. Venas por las que recorren más impulsos que en otros. Sería, ciertamente, muy fácil todo eso. Y sería, ciertamente, una excusa. Excusa, excusa, excusa. El bien y el mal son conceptos subjetivos, pero fallarle a alguien que te ama, que amas, y que no te ha lastimado, es malo, malísimo, se vea por donde se vea.
            Juro por Dios que estoy consciente de mi error, que me avergüenzo, que me siento culpable. No quiero que se repita, pero sí lo deseo. He ahí el problema.
            El niño acaba de dormirse y mi esposa me lo hace saber con una caricia. Se está quitando la ropa. Me mira lasciva.

            Que Dios me perdone.

1 ago. 2017

El Bosque

Escribí este cuento, como una pequeña metáfora de lo que está sucediendo en mi país, Venezuela. Espero que sirva para que lo estén afuera puedan comprendernos un poco, y para que a mis hermanos venezolanos les llegue mi mensaje. 

Que lo disfruten



El bosque




       En uno de esos bosques que la sociedad no debería conocer, un hombre solitario acampó. Deseaba poseer sus propias tierras y cubrirlas con su imagen en cada árbol. De noche, celebrando que cumpliría sus ambiciones, bebió y bebió hasta que su hígado no pudo más y cayó desmayado sin antes apagar la fogata que había montado. Durante su letargo, la madera de su fogata se deslizó hasta caer en el suelo, y contagió con su calor a unas ramas cercanas, quienes sucumbieron ante ellas y se incendiaron en el acto. El hombre despertó con resaca al amanecer, rodeado por llamas y en el aparente comienzo de un incendio forestal. Por su mente jamás cruzó la idea de intentar apaciguar el desastre. Tomó sus cosas, se las cargó el hombro y se marchó para nunca volver.
            El bosque se calcinaba.
            Los animales habían reaccionado mucho antes que el hombre y habían intentado despertarlo, sin lograrlo debido a su estado de ebriedad. En él tenían sus esperanzas y recibieron un duro golpe cuando lo vieron irse con indiferencia, dejándolos solos.
            Pero los animales que no se rendirían tan rápido, decidieron tomar acciones por su cuenta. El incendio apenas estaba en el centro del bosque, aún tenían tiempo de remediarlo si actuaban rápido. Las llamas eran poderosas y amenazadoras, pero no invencibles, y con esto en mente se propusieron a erradicarlas.
            Formaron un comité de animales, en la parte más alejada del bosque, para protegerse de las llamas, e iniciaron una discusión de cómo apagarían ese desastre.
            Primero habló el conejo, cuya idea fue que todos los animales fueron a atacar directo al fuego con un poco de agua en sus bocas. “¿¡Qué locura es esa!?” gritó alarmado el colibrí: “¡Si van directo al fuego terminarán quemados!”. Muchos animales le dieron la razón al colibrí. Nadie quería quemarse. El castor, considerado por todos uno de los animales más diplomáticos, sugirió pedirles ayuda a sus vecinos de bosques cercanos. El colibrí volvió a oponerse: “¡Para cuando llegué su ayuda, será muy tarde!”. De nuevo, muchos animales concordaron con él. Un zorro dio un paso adelante y tomó la palabra: “¿Y si nos vamos a otro bosque?” sugirió. El colibrí le respondió: “¡Aquí está mi casa y no la pienso perder!”. Por tercera vez, los animales asintieron a sus palabras. “Esperemos a que se apague sólo y ya” dijo, bostezando, una tortuga. “Los incendios no se apagan solos” fue la respuesta que recibió la tortuga, y desde luego, fue el colibrí quien la dijo.
            Mientras hablaban, el incendio aumentaba sin conmiseración. Los animalitos cercanos al centro fueron los primeros perjudicados. Huyeron despavoridos, dejando atrás sus hogares, mientras estos eran devorados por las llamas y desaparecidos para siempre. Algunos no fueron tan rápidos. Quedaron rodeados y vieron de frente a la muerte convertida en un infierno rojo. Algunos de los que conseguían escapar corrían hacia el comité de animales esperando encontrar en ellos una solución. Otros simplemente corrían y corrían, si ver para atrás, abandonándolo todo, perdiéndolo todo. Ninguna de esas criaturas salió libre. Todas quedaron con cicatrices de quemaduras que el tiempo nos les podría quitar. Esas heridas no sanarían.
            El comité siguió discutiendo.
            “¿Qué propones usted, señor colibrí?” preguntó alguien en determinado momento al pajarito. El colibrí calló durante un segundo y respondió “No podemos hacer nada de lo que ellos dicen. Todas son malas sugerencias” y no agregó más.
            El fuego crecía. Los animales comenzaban a pelear entre ellos, sin importarles pasar uno por encima de otro con tal de salvarse. Nadie quería ser la próxima víctima. Se pisaron entre ellos, se empujaron, se insultaron. Muchos cayeron por culpa de alguien más. Algunos animales, más bestias que criaturas, aprovechaban los hogares abandonados para entrar, robarse algo y salir huyendo. Otros, un poco más nobles, ayudaban a los caídos. Ellos eran los que más sufrían, pues muchas veces su ayuda no era suficiente, y eso les daba impotencia.
            Y el comité seguía discutiendo.
            Decididos a ignorarlos, gran parte de los animales del bosque decidieron enfrentar al fuego por su cuenta. Buscaban agua en el lago más cercano y encaraban las llamas con valentía. Se unieron en un solo espíritu y esperaban que eso fuera suficiente para triunfar. Pero no lo era. Muchos no sabían qué hacer. Se envalentonaban por la gloria de sus acciones, pero las llamas no perdonan por su nobleza, y finalmente los consumían como si fueran gasolina que le ayudara a aumentar su poder. Este enorme grupo de animales fue disminuyendo. Eran desorganizados. Fuertes, pero al mismo tiempo débiles. Incapacitados ante la fuerza de un mal mayor. Murieron unos tras otros, destrozando aún más las familias que quedaban vivas. Se entregaron como héroes. El fuego crecía por cada vida que se tragaba. La esperanza disminuía con cada vida perdida.
            La desesperación se adueñó del bosque. La unión desapareció. Animales huían. Animales luchaban. Todos víctimas de ese horrible poder que los perseguía.
            Y el comité de animales seguía discutiendo, incapaz de decidirse.
 El colibrí desapareció sin que nadie lo notara. Usó sus alas para irse volando. El comité discutiendo tanto, que no vieron como el incendio los iba acorralando. No se dieron cuenta que las llamas los rodearon, creando un círculo alrededor de ellos, y poco a poco los fue encerrando más y más. Los animales gritaron desesperados al ver como las llamas se acercaban. Lloraban y pedían ayuda a gritos, pero nadie les escuchaba. Quisieron huir pero era demasiado tarde. Se peleaban. Se ayudaban. Sangraban, lloraban y gemían sin escapatoria. El fuego los tocó a todo, arrancándoles la piel, calcinándolos, y haciéndoles desaparecer. Sus discusiones se convirtieron en cenizas.
Como la maldad es irónica, y más cuando el destino le ayuda, una vez que terminó con su maligna tarea, al no encontrar más vida de la cual alimentarse, el bosque se consumió a sí mismo. Las llamas pelearon entre ellas y terminaron apagándose, dándole fin a su reinado. No obstante, el costo fue demasiado alto.
            Así fue como todo el bosque pereció. Ningún árbol quedó en pie. Ningún animal que no hubiese escapado sobrevivió. El cielo se volvió gris sobre él y la desolación se convirtió en su nuevo nombre.
            Los animales vecinos se sorprendían y lamentaban lo que había pasado. Nadie mencionaba en voz alta que no hicieron nada evitarlo. Solo hablaban del triste evento. Todos contaban cuentos del bonito bosque que alguna vez hubo en esas tierras, y que desapareció por culpa de un solo hombre. Un simple hombre.
            El tiempo pasó.
Cuando no hay vida no hay esperanza, pero cuando una vida surge, la esperanza surge con ella. Así fue como sucedió. Una mañana, cuando el sol salía a laborar, iluminó una pequeña planta que crecía en esas tierras quemadas. Estaba ahí, soñadora, danzante con el viento, en paz con la destrucción. Un ave que volaba sobre ella, aterrizó a su lado y la observó. Le había llamado la atención. Era muy bonita, muy pequeña, muy frágil. El pájaro supo que moriría inevitablemente ante tanta destrucción. No podía dejar que eso pasara. Se decidió a cuidarla. Cada día regresaba a ver como seguía la planta. La regaba recogiendo agua con su pico si hacía falta. Le hablaba contándole el origen de esa tierra donde ahora crecía. Por alguna razón, eso parecía darle más fuerzas a la planta, que cada día lucía más firme y más hermosa.
            Pronto comenzaron a crecer otras a su alrededor. Parecían salir de los confines de la memoria. Otros animales se dieron cuenta, y al ver el esfuerzo del pájaro, se unieron a él y empezaron a cuidar a aquellas plantas que les regalaban esperanza. Con cada día surgía una nueva. Con cada día algo nacía. Las plantas se convirtieron en arboles, en arbustos, en flores. Los animales que alguna vez vivieron en el bosque regresaron y quedaron atónitos al ver los inicios de lo que podría ser el regreso a un antiguo estado de paz. Construyeron sus casas ahí como si fuera la primera vez. Cuando hablaban del maligno incendio, era solo para burlarse de él al ver la nueva fauna que reinaba.
            La planta y sus hermanas se convirtieron en un paisaje. Se convirtieron en un bosque.
            El futuro se convirtió en pasado. El bosque había regresado.
            Los animales, ya ancianos, viendo como sus hijos y nietos iniciaban sus vidas en este nuevo hogar, les contaron la historia de la antigua desgracia. Les hablaron de esperanza. Todo lo que muere puede volver a nacer. Ni siquiera la muerte puede ser eterna en una tierra de ilusiones. Los animales van y vienen pero la historia continua, y siempre que existe un individuo, habrá un cuento por contar. Ni siquiera el fuego puede eliminar del todo la gracia de la vida, aunque este parezca tan poderoso, tan impenetrable, en algún momento se extinguirá y llegará la importunidad de un nuevo renacer.
            Se los dice el bosque que volvió a crecer.
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